
PRESENTACIÓN
DE LOS TEMAS
Los
temas de trabajo para el curso 2007-2008, cuyo lema es:
Eucaristía, acontecimiento de fraternidad tiene como hilo conductor el
programa el Plan Pastoral que la Conferencia Episcopal Española
presentó el año pasado: «Yo soy el pan de vida (Juan 6,36). Vivir de la
Eucaristía» y que culminará en el año 2010, centenario de la fundación
de la UNER.
El objetivo del curso es redescubrir el
sentido de la
primera parte de la Misa: los ritos iniciales. De estos ritos se
desprende las actitudes para preparar la Eucaristía, que es
acontecimiento de fraternidad.
La acogida, el perdón,
la fe, el
amor, la esperanza, cultivados en nuestro corazón, serán la buena
semilla y disposición para celebrar y vivir el misterio eucarístico.
Nuestro fundador, el Beato Manuel González, nos invita a hacerlo vida
con estas palabras:
«Dar y darse todo a Dios y por
Dios al
prójimo, sin pedir nada en pago: esa es toda [la vida cristiana], y esa
es la lección de cada instante del Maestro callado la Eucaristía» .
LOS
TEMAS DE FORMACIÓN
Son
una invitación a tener deseos de trabajar en nosotros las
actitudes y valores de fraternidad, haciendo posible que la Mesa del
Altar sea, el lugar donde colocamos los valores vividos: nuestra propia
vida.
Están programados para trabajarlos en los
grupos en varias sesiones:
a) El animador lo presenta
y lo desarrolla en líneas generales.
b) Se trabaja el
apartado de iluminación a nivel personal o grupal y se presenta al
grupo.
c) Se celebra el encuentro de oración
invitando a otras personas.
Esperamos que este
material os sirva de apoyo. Os animamos a seguir trabajando con
entusiasmo en los grupos, como ya lo hacéis.
Que
Jesús Eucaristía sea el gran formador y apoyo de todos los que estamos
en Misión constante.
Equipo Nacional UNER.
TEMA
0: LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA, FUENTE DE LA VIDA CRISTIANA
Objetivo:
Tener unas ideas claras, esenciales, como introducción de los tres
momentos de la Misa que vamos a vivir estos tres cursos.
1.-
DESARROLLO
1.1.- Introducción
EUCARISTÍA
Y VIDA
En
la Eucaristía, se da la máxima expresión litúrgica cristiana, la vida
forma parte del mismo núcleo celebrativo y el misterio pascual, es el
centro de la celebración.
«Porque Él es el
verdadero Cordero
que quitó el pecado del mundo; muriendo destruyó nuestra muerte, y
resucitando restauró la vida» .
Cristo es la Vida
(cf. Juan
14,6), y por eso es la razón más originaria de la fiesta y del gozo de
sus discípulos: «Porque sólo Él es el camino que nos conduce hacia el
Dios invisible, la verdad que nos hace libres, la vida que nos colma de
alegría» .
CLAVES DE LA TEOLOGÍA EUCARÍSTICA DE
NUESTROS DÍAS
* Se da un enfoque más bíblico,
teniendo también muy en cuenta a los Padres de la Iglesia.
*
Siguiendo las acentuaciones sucesivas de los varios as-pectos de la
Eucaristía en la historia, hoy se ponen en primer plano algunos que en
los últimos siglos estaban como abando-nados y viceversa: se acentúan,
por ejemplo, perspectivas como: “la cena del Señor”, “comida fraterna”,
“la comunidad celebran-te”, y se relativizan otros como “presencia”,
“culto”, “misterio”.
* Antes se habían separado
aspectos de la
Eucaristía, que ahora se complementan y relacionan mejor, tales como
“sacra-mento” y “sacrificio”; se ve mejor la íntima conexión entre las
dos partes de la celebración, la Palabra y la Eucaristía.
*
Se
había perdido la sensibilidad del signo, ahora se ve mucho más la
Eucaristía como signo, sacramento, dando impor-tancia a la expresividad
antropológica de la acción sacramental, y no sólo a su eficacia o
validez.
* Un aspecto preferido de la teología de hoy
es entender
la Eucaristía desde la perspectiva de la Pascua del Señor, a partir del
Señor glorioso que se hace presente, se hace don para los suyos, y que
nos invita a la celebración memorial, actualizadora, de su misma Pascua.
1.2.-
Contenido
LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE LA PASCUA DE
CRISTO
a) La pascua judía se centra primordialmente
en el gran
acontecimiento
del Éxodo, que es liberación, alianza organi-zación como pueblo,
protección de Dios, peregrinación a la tierra prometida. Cada año se
celebra sacramentalmente este aconte-cimiento salvífico en la cena
pascual, como memorial que condensa el pasado y el futuro en el
presente.
b) Todo lo anterior es figura y tipo de lo
que se iba a
cumplir en Cristo. El llenó y cumplió las promesas. Realizó el gran
“éxodo”; en Juan (13,1) se ve claramente que la nueva pascua es el
“paso” de Cristo a el Padre, el verdadero “tránsito”.
c)
La
Eucaristía es el sacramento de la Pascua de Cristo. La celebración
ritual de la pascua judía queda sustituida por la Eucaristía: «Haced
esto como memorial mío» (Lucas 22,19).
La nueva
Pascua es la muerte de Cristo y la nueva celebración sacramental de
esta Pascua es la Eucaristía.
El binomio “pan-vino”,
parece sustituir en el relato de Lucas 22 al clásico “cordero-vino”.
d)
La comprensión patrística va también en esta línea los
Padres
de la Iglesia, conectan espontáneamente la Eucaristía con la Pascua,
ven en ella el sacramento, el memorial de la Pascua de Cristo. También
los textos litúrgicos centran su comprensión de la Eucaristía en el
memorial que en ella celebramos de la Pascua de Cristo.
EL
SIGNO CENTRAL DE LA EUCARISTÍA
Un camino válido para
entender la teología de un sacramento es el de estudiar el signo
central con el que lo celebra la Iglesia.
a) Los
elementos de la celebración eucarística fueron ya desde el principio el
pan y el vino.
El pan es la comida ordinaria del
hombre. El fruto de la tierra y don de Dios, a la vez que producto del
trabajo humano.
Los
evangelios no parecen dar importancia al hecho de que el pan que usó
Cristo fuera ácimo. En los primeros siglos la comunidad cristiana
tampoco utilizó el pan ácimo. Fue en el s. IX cuando se empezó a
emplear el pan ácimo para la Eucaristía, hasta que Roma terminó por
imponerlo.
El vino recuerda también la sangre, que
para los
judíos constituía lo más íntimo y sagrado de un viviente y se
identifi-caba con la vida. El mismo Cristo
relacionó
este vino de la cena
con su sangre
derramada en la cruz.
b) Las palabras que dan sentido
y eficacia a los gestos.
En
la teología estas palabras son, ante todo, las que Cristo pronunció en
la última cena cuando ofreció el pan y el vino a sus discípulos. Ellas
son las que dan a la acción simbólica la cate-goría de signo
sacramental y la realidad de la autodonación de Cristo en el pan y el
vino, siempre con la invocación explícita del Espíritu, “la epíclesis”.
El Espíritu es el que actúa hoy y aquí en nuestra celebración, dando su
eficacia al gesto sacramental y a las palabras de Cristo repetidas por
el sacerdote.
LA PRESENCIA REAL DE CRISTO RESUCITADO
EN LA EUCARISTÍA
a) La clave para la comprensión de
la real presencia de Cristo en la eucaristía es su
resurrección.
En la Eucaristía se nos hace presente
el Señor glorioso, Cristo resucitado.
La
presencia de Cristo en el pan y el vino de la Eucaristía no es la
única. Es, ciertamente, la más densa y privilegiada, porque en ella
Cristo se hace comida nuestra, para comunicarnos su misma existencia.
Pero Cristo también se hace presente en la Palabra proclamada, lo mismo
que en la comunidad reunida.
b) Es el Espíritu el que
hace real
esta presencia de Cristo en medio de los suyos y el que da la nueva
existencia escatológica al pan y al vino convirtiéndolos en el Cuerpo y
Sangre del Señor.
c) Es una
presencia dinámica, “para nosotros”. No
se
puede
entender la Eucaristía si esta presencia de Cristo se enfoca demasiado
cosificada y cerrada. La presencia de Cristo es real, corporal, pero
desde su existencia de Glorificado.
d) Cristo está
presente a
nosotros, para hacernos entrar en comunión con Él. La presencia en el
pan y el vino es el medio que ha pensado Cristo, para hacer posible
nuestra incorporación a su vida de Resucitado y la participación en su
nueva alianza.
e) El Kyrios (Señor) tiene el poder de
darse en
todo lugar, de hacerse presente en toda la plenitud del “yo” que se
ofrece al “tú” del hombre, y aquí lo hace a través del pan y del vino
en la Eucaristía.
f) La Parusía del Hijo del hombre,
su segunda
venida, no es algo meramente futuro: ya es actualidad. La Iglesia se
incor-pora a la resurrección escatológica de Cristo en la Eucaristía.
Este
sacramento no sólo es actualización de la pascua pasada, sino también
del Reino definitivo.
LA EUCARISTÍA COMO SACRIFICIO
¿En
qué sentido es sacrificio la Eucaristía cristiana? Y si se puede decir
que la Eucaristía es sacrificio, ¿de quién lo es: de Cristo o también
de la Iglesia?
Claves para comprender el sacrificio
eucarístico:
a) ¿Cómo se puede entender que el
sacrificio único e his-
tórico
de la cruz se pueda hacer presente en el sacramento? En nuestra
celebración no sucede un nuevo sacrificio, ni se repite el de Cristo,
sino que se actualiza sacramentalmente siempre el mismo y definitivo
sacrificio de la cruz (memorial).
b) Lo esencial del
acontecimiento de la cruz es su “entrega por y para”, su obediencia y
su entrega al Padre por la humanidad. El hecho histórico no tiene por
qué repetirse o renovarse, porque no ha dejado de ser realidad en él
mismo. No tiene por qué volver a ofrecerse, porque su ofrenda permanece
en Él en un perpetuo “hoy”, escatológico y definitivo.
c)
Hay
otro aspecto: el eclesial. La Iglesia es el desplie-gue histórico del
acontecimiento de la cruz. El sacrificio pascual no ha concluido en el
Gólgota, sino que se prolonga en el Cristo eclesial, en el Cuerpo de
Cristo.
Por una parte, la Iglesia
se hace solidaria en la celebra-
ción
del sacrificio de Cristo, lo hace suyo, lo ofrece al Padre, como el
único don sacrificial que puede ofrecerle. Pero por otra, también se
autoofrece ella misma, entrando en la dinámica pascual y sacrificial
del Señor.
Así, la Eucaristía es a la vez sacrificio
de Cristo y
sacrifi-cio de la Iglesia; el único sacrificio hecho presente en y por
Cristo, por la fuerza del Espíritu, y ahora comunicado
sacramen-talmente a su comunidad.
EL CULTO DE LA
EUCARISTÍA
Desde muy pronto la Iglesia tiene la
convicción de que Cristo permanece en la Eucaristía después de la
celebración.
a)
En la celebración, Cristo se nos da en su actitud sacrifi-cial. El
Cristo al que adoramos y alabamos es el mismo Cristo de la Cruz y de la
Eucaristía.
Su presencia en el sacramento es “para
prolongar la
gracia del sacrificio”. Lo que pretende el culto fuera de la Misa es lo
mismo que buscaba la celebración: que los fieles “se unan a Cristo y a
su sacrificio” y así, “ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre...
saquen de este trato admirable un aumento de su fe, su esperanza y su
caridad.
La finalidad de la entrega de
Cristo es la transformación
de
nuestra existencia: y ciertamente el sacrificio de Cristo es la mejor
escuela de amor fraterno y nueva vida.
b) La clave
principal para descubrir el sentido de este binomio -celebración y
culto eucarístico- es el misterio mismo de
Cristo
glorioso, acontecimiento y permanencia a la vez.
Él
sigue presente en su Iglesia en la misma actitud salvadora de la cruz,
como Señor glorificado.
2.- ILUMINACIÓN
Testimonio
y mensaje, nn. 3, 12, 26, 27, 54, 75.
3.-
COMPROMISO
* Valorar más la comunidad cristiana en la
Celebración eucarística.
*
Ver lo que puedo aportar para mejorar la fraternidad: puedo hacer
frases publicitarias cortas, elaborar un gráfico de las partes de la
Misa y exponerla, cada domingo antes de la Celebración eucarística, de
formas diferentes para no cansar.
4.-
EVALUACIÓN
* De este tema, que es fundamental en la
formación, saca las diez claves más importantes para vivir la
Eucaristía.
*
Llevarlas al grupo y elaborar “un decálogo” de las que consideréis
mejores. Colocarlo en una cartulina bien presentada y poner en la
cartelera parroquial o en la sala donde os reunís.
5.-
ORACIÓN
En
la capilla o iglesia, encender el Cirio Pascual, ante el Sagrario,
colocar al pie los nombres de cada miembro del grupo. Un miembro del
mismo los va leyendo, haciendo un espacio de silencio de 20 segundos,
para pedir, ofrecer, dar gracias por cada uno.
Al
final de cada silencio, decimos en voz alta esta pequeña oración todos
juntos:
“Señor
Jesús, que has muerto y resucitado para darnos la vida; en fraternidad,
ante tu presencia, nos unimos a... (decir el nombre) y te pedimos le
concedas lo que más esté necesitando él/ella y su familia”.
TEMA
1: FE, ESPERANZA y CARIDAD A EXÁMEN
Objetivo:
Profundizar que en cada Celebración de la Eucaristía nuestra fe,
esperanza y caridad se alimentan y se fortalecen para una mejor
vivencia de éstas.
1.- DESARROLLO
1.1.-
Introducción
La
experiencia del Cardenal Van Thuan de Vietnam muestra cómo la
Eucaristía reúne en comunidad fraternal y de fe, incluso en las
condiciones más difíciles.
En el silencio de su
celda, cuando
todos dormían, el Cardenal Van Thuan se levantaba, ponía unas gotas de
vino en la palma de su mano, lo mezclaba con su propio sudor, tomaba un
trocito de hostia y celebraba la Misa de memoria.
Muy
pronto los
otros prisioneros se dieron cuenta de lo que hacía, y comenzaron a
levantarse para asistir a la Euca-ristía. Los detenidos de otras celdas
oyeron que en la del Cardenal se celebraba la Misa, y expresaron su
deseo de participar. No era posible que fueran a su celda, así que el
Cardenal envolvía en papel de fumar un trocito de la hostia consagrada
y lo pasaba a otra celda. Allí los prisioneros celebraban su adoración
eucarística.
1.2.- Contenido
El
relato evangélico de
los discípulos de Emaús (Lucas 24, 13-35) es ilustrativo para ver lo
que acontece en nuestras celebraciones y en nuestra realidad: los dos
discípulos huían de la comunidad, estaban confundidos por el “fracaso”,
no enten-dían. Jesús les sale al paso, se hace presente en medio de sus
desesperanzas y les explica las Escrituras. Luego, cuando parte el pan
–cuando sus corazones ya estaban dispuestos- se les abren los ojos y le
reconocen, pero Él ya no está. Para encontrarlo deberán regresar a la
comunidad, donde nueva-mente “les arde el corazón” al compartir la
palabra, y le podrán reconocer al partir el pan con los hermanos.
Gracias
al encuentro con Jesús en el camino, pasan de las tinieblas de la
incomprensión a la luz de la fe y se hacen capaces de ser testigos del
Dios vivo ante la comunidad. El camino de la fe, hace posible la unión
fraterna.
Las tres virtudes teologales -fe, esperanza
y caridad-
son los cimientos sobre los que se asienta toda la vida cristiana. No
son un sobreañadido, son principios operativos de la Gracia. Si bien
tienen una parte de respuesta o compromiso por parte del hombre, son
esencialmente don de Dios.
Profundizaremos en estas
tres
realidades en relación con la Eucaristía, para luego cuestionar nuestra
vivencia y participación en la celebración de la misma.
MISTERIO
DE LA FE
Con
la fórmula “Este es el Misterio de la fe”, el sacer-dote, después de
las palabras de la consagración, proclama el misterio celebrado y
manifiesta su admiración ante la conver-sión sustancial del pan y del
vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Y es que, como dice el
Papa Benedicto XVI, la Eucaristía es misterio de fe por excelencia.
Cuando la Iglesia celebra el Sacramento del Altar, memorial de la
muerte y resurrección del Señor, se hace realmente presente este
acontecimiento central de salvación y se realiza la obra de nuestra
redención. Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género
humano, que Jesucristo lo ha realizado y antes de volver al Padre nos
dejó el medio para participar de él, como si hubiéramos estado
presentes. Esta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos
los cristianos.
La fe de la Iglesia es esencialmente
fe
eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la
Eucaristía: escuchando la Palabra de Dios nace o se fortalece la fe, y
en el encuentro de gracia con Jesús sacramentado se alimenta y crece .
La
primera realidad de la fe eucarística es
el misterio
mismo
de Dios, el amor trinitario: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo
único, para que todo el que crea en El, no perezca, sino que tenga vida
eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al
mundo, sino para que el mundo se salve por El» (Juan 3,16-17), y así en
cada celebra-ción confesamos la primacía del don de Cristo.
Dirá
el Bto. Manuel González: «Una Misa es una vida a cambio de una muerte.
La vida gloriosa y divina de Jesús resucitado, ganada y aplicada a los
hombres por su muerte» .
Con razón los documentos
eclesiales
insisten en que la Eucaristía es «fuente y cima de toda la vida
cristiana», porque ella «contiene todo el bien espiritual de
la
Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua» .
Una
participación activa.
«Cuanto
más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su
participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a
la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos» . Esto no quiere
hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración,
sino de una «toma de conciencia del misterio que se celebra y de su
relación con la vida cotidiana» .
«Vivir la Misa es:
1º
Conocerla a fondo.
2º Estimarla en su valor.
3º
Tomar por norma de conducta lo que Jesús hace en ella.
4º
Tener como cifra de mi mayor felicidad en la tierra [participar en la
Misa].
5º
Y este conocer, estimar, imitar y gozar mi Misa, tan metido en mi
pensar, querer, sentir y obrar de cada día y de cada hora y en cada
ocupación, que se pueda decir de mí peren-nemente: Está en Misa; esto
es, está viviendo su Misa» .
SACRAMENTO DE CARIDAD
En
cada
celebración eucarística confesamos la primacía del don de Cristo,
porque es quien eternamente nos ama primero. En ella nos muestra un
amor que llega «hasta el extremo» (Juan 13,1), un amor que no conoce
medida. Por eso Benedicto XIV exclamará:
«Sacramento
de la caridad, la Santísima Eucaristía es el
don
que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el
amor infi-
nito
de Dios por cada hombre […]. ¡Qué emoción debió embar-gar el corazón de
los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella
Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el
Misterio eucarístico!» .
Ya en la creación, el hombre
fue llamado
a compartir en cierta medida el aliento vital de Dios (cf. Génesis
2,7). En Cris-to muerto y resucitado, y en la efusión del Espíritu
Santo nos convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina.
En el don de la Eucaristía nos comunica la misma vida divina.
Comunión
que nos pide comunión, que tiene siempre y de modo inseparable una
connotación vertical y una horizon-tal: comunión con Dios y comunión
con los hermanos. Dimensiones que se encuentran en el don eucarístico.
La
Eucaristía crea comunión y educa a la comunión.
La
forma eucarística de la vida cristiana es sin duda una forma eclesial y
comunitaria. El cristianismo, desde sus co-mienzos, supone siempre una
compañía, una red de relaciones vivificadas continuamente por la
escucha de la Palabra de Dios,
la Celebración
eucarística .
Si bien
la Misa no puede ser el punto de partida de la
comunión,
sino que la presupone previamente (cf. Mateo 5,23-24), sí que la puede
consolidar y perfeccionar. Sólo en el con-texto eclesial tiene lugar la
celebración legítima de la Eucaristía y la verdadera participación en
la misma.
Notemos que tanto la Eucaristía como la
Iglesia se
definen de la misma manera: Cuerpo de Cristo. Si la Eucaris-tía y la
Iglesia se definen por lo mismo, no es posible, o es un escándalo,
participar en la Eucaristía sin vivir realmente la comunión eclesial.
Por tanto:
«No basta la fe, sino que es preciso
perseverar en la
gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la
Iglesia con el cuerpo y con el corazón, es decir, hace falta, por
decirlo con palabras de san Pablo, “la fe que actúa por la caridad”
(Gálatas 5,6)» .
De hecho, el Bto. Manuel González
dice:
«La
Misa propiamente dicha es la realización del gran deseo de Jesús y de
la gran petición a su Padre celestial: “Que sean uno”. Que seamos una
sola cosa con Él, como Él lo es con el Padre. ¡El y nosotros, una sola
víctima de un solo sacrificio! Purificados por la contrición y la
humildad, iluminados por la Fe y la oración, y unidos a Jesús y a
nuestros hermanos por el amor más grande, o sea, el amor llevado hasta
el sacrificio. Así nos po-
nen nuestras Misas si nos
empeñamos en vivirla» .
Si
es importante tener conciencia clara de esta íntima vinculación entre
la comunión con Cristo y la comunión con los hermanos en la Celebración
de la Eucarística, también lo es el recordar que es el lugar del
«acontecimiento y proyecto de fraternidad» , en especial la dominical.
Para ello contribuye:
* El servicio de acogida.
*
El estilo de oración, atenta a las necesidades de toda la comunidad,
respetando el estilo propio de la acción litúrgica .
*
La fraternidad que se convierta en solidaridad con-creta,
donde
los últimos sean los primeros por la consideración y el afecto de los
hermanos .
El sentido del amor de la Eucaristía.
Es
san Pablo quien nos ofrece el sentido de este amor y sus exigencias de
fraternidad.
«El
cáliz de bendición que bendecimos, ¿no nos hace en-trar en comunión con
la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos hace entrar en
comunión con el cuerpo de Cristo? Pues
si
el pan es uno solo y todos participamos de ese único pan, todos
formamos un solo cuerpo» (1Corintios 10,16-17).
Cada
vez que participamos de la Celebración eucarís-tica, se manifiesta
plenamente que somos comunidad fraterna, nacida de la Pascua de Cristo.
Con los hermanos, vivimos el amor, que se fortalece de la comunión con
la sangre y el cuerpo de Cristo. Es decir, que de la integración de
cada uno en la vida de Cristo, al asumir su Cuerpo y su Sangre, brota
la fraternidad de la Iglesia, en una nueva vida comunitaria.
FUENTE
DE ESPERANZA
«Yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo
28,20). Esta promesa se sigue escuchando en la Iglesia como secreto
fecundo de su vida y fuente de esperanza.
La
Eucaristía no es
sólo el recuerdo de un aconteci-miento pasado, sino que es celebración
de la presencia viva, pero velada, del Resucitado en medio de nosotros.
Al celebrar el memorial de Cristo, la comunidad cristiana está a la
espera de «la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».
Quien
se alimenta de Cristo en la
Eucaristía
no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna:
la
posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará
al
hombre en su totalidad.
La
Eucaristía es
verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Una
consecuencia propia de esta tensión escatológica es que da impulso a
nuestro camino histó-rico, poniendo una semilla de viva esperanza en la
dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas . La esperanza es
una virtud esencialmente activa. Una persona de esperanza es capaz de
cambiar el mundo; por eso el mundo no se transforma por la furia
homicida de la violencia, sino por la fuerza inquebrantable de una
esperanza creativa que nace del amor y se compromete desde la fe madura.
Juan
Pablo II, hablando precisamente de esta esperanza que brota de la
Eucaristía nos decía:
«Muchos
son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo [...] En
este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. También
por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía,
grabando en esta presencia sacrificial y la promesa de una humanidad
renovada por su amor [...]. Anunciar la muerte del Señor “hasta que
ven-ga” (1Corintios 11,26), comporta para los que participan en la
Eucaristía el compromiso de transformar su vida, para que toda ella
llegue a ser en cierto modo “eucarística”. Precisamente este fruto de
transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el
mundo según el Evangelio, hacen resplandecer la tensión escatológica de
la Celebración eucarística y de toda la vida cristiana: “¡Ven, Señor
Jesús!” (Apocalipsis 22,20)» .
Una espera en
solidaridad.
Es
significativo que el Evangelio de san Juan en vez de narrar la
institución de la Eucaristía, propone el relato del lava-torio de los
pies, en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio (cf. Juan
13,1-20). Por su parte el Apóstol Pablo califica de indigno de una
comunidad cristiana que participe en la Cena del Señor en un contexto
de división e indiferencia hacia los pobres (cf. 1Corintios
11,17.22.27.34).
2.- ILUMINACIÓN
Sacramentum
Caritatis, nn. 6, 52, 55.
Dies Domine, n. 29.
Testimonio
y mensaje, n. 289.
3.- COMPROMISO
Vivir
la fe, la esperanza o la caridad que me toque en la dinámica de la
oración, de forma más intensa durante el mes.
4.-
EVALUACIÓN
A
la luz de los textos del Bto. Manuel González cuestionarse, el sentido
de nuestras celebraciones eucarísticas: Testimonio y Mensaje, nn. 12,
15, 16, 20.
5.- ORACIÓN
Hacer
unos momentos de oración
en silencio, ante la presencia de Jesús Eucaristía, finalizar con una
dinámica, con papeles de colores amarillo, rojo y verde, dibujar unas
lamparitas, y entregársela al que tiene al lado diciéndole: “con ello
te transmito mi fe y te invito a vivirla”. Así con todas: amarillo
- mi fe, verde - mi esperanza, rojo - mi caridad.
ENCUENTRO
DE ORACIÓN I: FE, ESPERANZA, CARIDAD Y FRATERNIDAD
Símbolos.
Tener preparadas tres lámparas como símbolo de las tres virtudes
teologales: fe, esperanza y caridad; que se llevarán encendidas al
altar en el momento abajo indicado.
Introducción
Jesucristo
vino a enseñarnos el camino del amor -dar la
vida,
donación, entrega-, porque él mismo lo ha hecho realidad.
«Nadie
tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15,13).
«Yo
soy el buen Pastor… doy mi vida por las ovejas» (Juan 10,14.15).
Cristo,
con su AMOR, nos da la vida. Aquí se puede aplicar la expresión: muerte
para la vida, es lo mismo que aquello que Jesús nos enseñó en su
Evangelio «si el grano de trigo muere... da mucho fruto». Cristo quiso
salvarnos a base de su amor entregado.
Abrámonos
valerosamente a
este Amor, pidiendo al Espíritu Santo su asistencia y consuelo, que
encienda en nosotros un amor grande a la Eucaristía y a todos.
Canto
o invocación al Espíritu
La fraternidad de la fe, en
la esperanza, por el amor
* Llevar la 1ª lámpara
encendida al altar.
La
fe no es un acto aislado, aunque sea personal. El creyente ha recibido
la fe de otro. Tener fe es con-creer con la comunidad, con-sentir con
la comunidad, con-actuar con la comunidad. En virtud de ésta formamos
parte del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia…
Jesús
Maestro, te
adoramos como Palabra encarnada y hecha eucaristía para enseñarnos la
verdad que da la vida; sólo tú tienes palabras de vida eterna. Te damos
gracias por habernos concedido la luz de la razón y de la fe. Nosotros
creemos, abrimos del todo nuestra mente a ti y a la Iglesia y aceptamos
cuanto por su medio nos enseñas.
Muéstranos los
tesoros de tu
sabiduría, danos a conocer al Padre, aceptar a los hermanos y ser
auténticos discípulos tuyos. Aumenta nuestra fe para que podamos
participar en el banquete eucarístico como verdaderos hermanos.
Todos:
Jesús Maestro, camino, verdad y vida, ten piedad de nosotros.
*
Llevar la 2ª lámpara encendida al altar.
El
abandono esperanzado en Dios y en su palabra sólo es posible en un acto
de confianza. Por ello la primera expre-sión de la fe no es: “creo
que...”, sino “creo en ti”.
Jesús Maestro, te
adoramos como al
amado del Padre, único camino para llegar a Él. Te damos gracias porque
te has hecho nuestro modelo; nos has dado ejemplo de fraternidad e
invitas a todos a seguir tu camino.
Atráenos a ti
para que
busquemos tu voluntad, siguiendo tus huellas y renunciando a nuestro
egoísmo. Acrecienta en nosotros la esperanza activa y el deseo de
asemejarnos a ti, para que al final de la vida podamos poseerte
eternamente.
Todos: Jesús Maestro, camino, verdad y
vida, ten piedad de nosotros.
* Llevar la 3ª lámpara
encendida al altar.
Puesto
que el creyente se sabe aceptado por Dios, también él puede aceptarse a
sí mismo, a los demás y al mun-do, de un modo nuevo. En este sentido
dice la Escritura que la fe sin obras de amor es fe muerta (cf.
Santiago 2,17). La fe, por tanto, no puede reducirse a una confesión de
palabra; tiene que acreditarse en el servicio concreto al prójimo;
tiene que producir frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, tolerancia,
amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí (cf.
Gálatas. 5,22ss).
Jesús Maestro, te adoramos como el
Unigénito de
Dios, venido al mundo para darnos la vida en toda su plenitud. Te damos
gracias porque muriendo en la cruz nos has merecido la vida, que nutres
en la Eucaristía.
Vive en nosotros, Jesús, para que
te amemos con toda la mente, con todas las fuerzas y con todo el
corazón, y amemos al
hermano como tú nos has amado.
Todos:
Jesús Maestro, camino, verdad y vida, ten piedad de nosotros.
Canto
Lectura:
Lucas 8,42b-48.
Reflexión
Con la fe
se toca a Cristo, ha dicho san Ambrosio.
Pero
no con una fe que se contenta con rezar el Credo, sino con aquella fe
de la incurable que empieza en la humildad de no creerse digna ni de
ponerse delante del santo Maestro y que termina y se manifiesta en la
confianza firme de ser curada sólo por el contacto con lo más
insignificante de su persona, la orla posterior de su vestidura.
«¡La
fe viva! Esa es la que toca a Cristo, la que llega hasta su Corazón.
Si
con fe viva nos llegáramos al [altar], ¡cómo nos su-mergiríamos en
aquel mar de luz, de amor, de vida, que brota de aquel Corazón! ¡Cómo
se curarían todas nuestras dolen-cias! ¡Cómo
gozaríamos
de salud inalterable! ¡Cómo obten-
dríamos
mucho más de lo que pedimos y esperamos!
Pero, ¡nos
hace tanta falta aquella humildad que lo teme
todo
de sí y aquella confianza que lo espera todo de Él!
¡Vamos
al Sagrario, [a la Misa], tan llenos de nosotros que no hay
que extrañar que volvamos tan vacíos de Él!» .
Señor,
yo quiero creer en ti
«Haz, Señor, que mi fe sea
pura, sin reservas,
y que penetre en mi
pensamiento,
en mi modo de juzgar las cosas divinas
y las humanas.
Que mi fe sea libre, Señor,
es
decir, acompañada por mi elección personal,
que
acepte las renuncias y los riesgos que comporta,
y
que exprese lo que es el vértice decisivo de mi personalidad.
Yo
creo en ti, Señor.
Señor, haz que mi fe sea firme:
firme
por una lógica externa de pruebas
y por un
testimonio interior del Espíritu Santo;
firme por
la luz aseguradora
de una conclusión pacificadora,
de
una connaturalidad suya.
Yo creo en ti, Señor.
Señor,
haz que mi fe sea feliz:
que dé paz y alegría a mi
espíritu
que lo capacite para la oración con Dios
y
para la conversación con los hombres;
de forma que
irradie en el coloquio sagrado y profano
la
original dicha de su venturosa posesión.
Yo creo en
ti, Señor.
Oh Señor, que mi fe sea humilde:
que
no presuma en la experiencia de mi pensar y sentir,
sino
que se rinda ante el testimonio del Espíritu Santo;
y
que no tenga otra garantía mejor que la docilidad a la autoridad del
magisterio de la Santa Iglesia.
Amén».
(Pablo
VI)
Conclusión
Cultivar
la fe, esperanza y caridad (Oración a dos coros).
Señor:
Ayúdanos, con la fuerza íntegra y plena de la Eucaristía, poder retomar
y cultivar la dimensión mística y contemplativa de las virtudes
teologales.
- Revalorar la preocupación de la
realización
corporal unida a los sentimientos y afectos mediante una lucha y
pero-cupación por la dignidad humana en todas sus expresiones;
-
Canalizar y colaborar en las múltiples iniciativas de comunión, defensa
y preservación de la naturaleza y el medio.
- Vivir
de manera coherente entre lo creído y lo vivido o lo practicado,
uniéndonos así a las exigencias de la fe.
-
Cultivando juntos valores como el amor, la vida, la justicia, la
libertad, la autenticidad y la solidaridad para alcan-zar juntos la
humanización de nuestra existencia.
- Experimentar
que la
comunión con el cuerpo y sangre de Cristo en la Eucaristía, nos
encauzará al vínculo profundo de unidad entre nosotros, como personas y
comunidad, en medio de la pluralidad social.
Recitar
el Padre nuestro
Oremos
Señor
Jesús, ante tu presencia queremos renovar la fe como Zaqueo, la caridad
como Magdalena y la esperanza como María, ayúdanos a no decaer y vivir
lo esencial del cristianismo, que se encuentra en estas tres lámparas
de fe, esperanza y amor.
Canto a María
TEMA
2: EN TORNO AL ALTAR
Objetivo:
Descubrir, la importancia del altar, dentro de la Celebración, lo que
allí sucede, los que se reúnen torno a ella.
1.-
DESARROLLO
1.1.- Introducción
EL
ALTAR – SIGNIFICADOS EN LA HISTORIA
*
Etimológicamente es un lugar elevado, o tabla coloca-da sobre gradas,
destinado a la celebración de sacrificios y al culto de una divinidad.
*
En el culto católico, ara o piedra consagrada, usada para celebrar la
Misa.
* Entre los babilónicos, el más antiguo altar
se encuen-tra frente al templo de El-Obeid.
*
Los israelitas usaban altares de piedra, para sacrifi-cios de
características cruentas. El de los holocaustos del Anti-guo Testamento
era, entre los hebreos, el utilizado para inmolar las víctimas
ofrecidas a Dios, mientras que el de los perfumes era el usado para
ofrecer incienso y perfumes.
* Entre los egipcios,
los más frecuentes son mesas para libaciones, ricamente decoradas.
*
Para los griegos y romanos, el altar era simplemente un amontonamiento
de piedras o de tierra. Con posterioridad, fueron fijos, de mármol o
ladrillo, con formas y dimensiones muy variadas, algunas veces eran
auténticos monumentos.
* Entre los cristianos, los
primeros altares fueron simple
mente mesas.
*
En las catacumbas, se celebraba la Misa sobre altares de piedra y sobre
las tumbas de los primeros mártires.
* En el año 517,
se estableció que los altares debían tener una piedra de consagración o
ara.
*
A partir del s. V, los altares adoptaron la forma de mesa o de tumba,
con gran diversidad de arte, desde el frontal románico al retablo
gótico, o al lujo de los altares barrocos.
* Se
designa como
altar mayor, el principal de una igle-sia, situado en el centro del
presbiterio, mientras son laterales, los secundarios, situados en las
naves laterales o en una capilla aparte.
* Existía
también el
altar portátil, que era una piedra consagrada aplanada y de pequeño
tamaño, que contiene reli-quias, o de madera pequeño para ser
trasladado. De ahí la expresión: «El altar es Cristo» .
*Desde
el
Vaticano II, con la Constitución Sacrosanc-tum Concilium, sobre la
Sagrada Liturgia , se enriquece el sig-nificado del altar.
1.2.-
Contenido
De
estar de espaldas al pueblo -en el sentido de servir para celebrar el
sacrificio, de la Muerte y Resurrección de Jesús, en que los fieles
sólo participaban en momentos esporá-dicos-, pasa a ser el centro del
templo y de la celebración de cara al pueblo, donde somos invitados a
participar. Los fieles somos integrados a la celebración, teniendo una
importancia vital nuestra vida.
REFLEXIONES DEL BTO.
MANUEL GONZÁLEZ SOBRE EL ALTAR
El
primer altar de la Iglesia fue la mesa de la última Cena y la Cruz del
monte Calvario; en aquélla se ofreció el Sacrificio del Cordero que
“había de ser inmolado”, en ésta el mismo Sacrificio del Cordero
“inmolándose”, como sobre nuestros alta-res se hace diariamente la
oblación del Sacrificio del Cordero inmolado .
El
altar en el
templo. De todos es sobradamente sabido que el lugar principal de un
templo es el altar. Es su clave de arco, su razón de ser, su punto de
convergencia, su centro...
Como el Sacrificio es el
acto esencial
de la religión, el altar sobre el que se ofrece es esencial al culto
que da la religión; hasta el punto que si levantáis un altar, por tosco
y mezquino que sea, allí podéis decir que hay un templo; y en cambio,
si levantáis muros elevados y preciosos y con ellos sostenéis bóvedas y
artesonados riquísimos y los adornáis con imágenes y símbolos y con
órganos y campanarios del más exquisito arte y con púlpitos muy sonoros
y en medio de tantas magnificencias no levantáis un altar, llamad aquel
lugar como queráis, palacio, salón, teatro, academia, liceo, pero no
podréis llamarlo templo, porque no lo es. Le falta el altar.
El
altar, no es ni más ni menos, según la etimología de san Isidoro, que
un alta ara. En ella que se ofrezcan todas sus Misas y se celebre el
acto esencial de su culto, se haga la profe-sión solemne de su fe y se
aprenda a guardar su Código de moral .
EL ALTAR EN LA
SAGRADA ESCRITURA
En
la Sagrada Escritura el altar significa el paso de la Antigua Alianza a
la Nueva, de los sacrificios en el desierto del pueblo de Dios, pasamos
a la etapa del Cordero Pascual, Cristo como salvación que se ofrece en
comida y bebida, ante la co-munidad que celebra la Nueva Alianza de la
salvación, de la reconciliación.
Actitudes ante el
altar:
Vivimos
el tiempo de Cristo, y esta «plenitud de los tiempos» (Gálatas 4,4) lo
podemos recorrer por la simbología del altar y por las actitudes que se
dan en su derredor.
a) Por la simbología del altar,
podemos acoger la salva-ción y la entrega de Cristo:
*
Jesús «me amó y se entregó por mí» - Gálatas 2,20.
b)
Por las actitudes de fraternidad que se dan alrededor del altar, en
busca de los hermanos:
* Tened los mismos
sentimientos de Cristo – Filip 2,5.
* La fe sin obras
esta muerta - Santiago 2,15-17.
* La prudencia en el
hablar - Santiago 3,2-5.
* La verdadera humildad -
Santiago 4,1-3.
2.- ILUMINACIÓN
Génesis
14,18; Éxodo 20,24; Isaías 56,7.
Testimonio y
Mensaje, nn. 13, 16, 17.
Sacrosanctum Concilium, n.
107.
3.- COMPROMISO
A
parte de tu inclinación de cabeza al pasar delante del altar, fíjate si
-en el altar de la capilla o parroquia- le falta algún detalle que tú
puedas aportar para que esté más digno, dentro de las normativas
litúrgicas, también con tus actitudes.
4.-
EVALUACIÓN
Hacer un pequeño trabajo de grupos de
investigación:
a)
Algunas diferencias sobre el significado del altar desde los primeros
tiempos del cristianismo, hasta la época del Beato Manuel González.
b)
Algunas diferencias sobre el significado del altar desde el Beato
Manuel González hasta el Concilio Vaticano II.
ORACIÓN
Rodear
el altar, besarle y colocar cada uno una flor.
Sentirnos
comunidad cantando: “Iglesia Peregrina”.
Rezar
juntos, la oración del libro “Orar con el Obispo de la Eucaristía” - La
oración hecha fe (pág. 237).
ENCUENTRO
DE ORACIÓN II: EL ALTAR, FUENTE DE LA FRATERNIDAD
Introducción
La
relación altar-fraternidad es la pregunta que nos hace
mos
constantemente y no sabemos responder, porque a nuestra vivencia aún le
falta mucho, por eso en este rato de oración, intentaremos con la
gracia de Dios dar una respuesta más clara.
La
Eucaristía es fuente de fraternidad por tres razones: * Porque
establece nuestra unidad en Cristo.
* Porque nos
compromete con el sacrificio de Cristo.
* Porque el
Espíritu Santo nos transforma por dentro como lo hace con el pan y el
vino en el altar.
CREAR FRATERNIDAD
«Hagan
discípulos a todas las naciones» (Mateo 28,19). Con estas palabras de
Jesús, la Iglesia recibió la encomienda de reunir a toda la familia
humana dentro de la fraternidad que comparte la comunión con Dios.
Mas
sólo la Eucaristía puede capacitar a los bautizados para conducir a los
seres humanos a la fraternidad con su Crea-dor. Por ello, el Pan
partido y entregado, es el alimento que for-talece la fraternidad de
los fieles, impulsándolos a salir al encuentro de los que sufren o no
lo conocen.
EL VALOR DEL SACRIFICIO DEL ALTAR
La
Eucaristía es a veces presentada sólo como un ban-
quete
fraternal, en la que Dios nos da su amor incondicional, pero se deja de
lado que se trata del mismo Sacrificio de Cristo; que al recibir su
Cuerpo y Sangre se nos requiere conversión, sacrificio personal y
actitudes de fraternidad.
Mirar el Sacrificio
Redentor de Cristo
que se realiza en el altar y se renueva en cada Eucaristía, para que a
partir de Él proclamemos el valor del sacrificio y nos unamos a los
pade- cimientos de numerosos hermanos, que sufren enfermedades, hambre,
persecución… Después del Sacrificio del Calvario, nunca más hemos de
estar aislados de Dios y de los hermanos.
- Gesto: En
este momento de la oración, adornar el altar con flores y con los
nombres de cada participante.
- Canto
- Monición
A
dos mil años de la venida de Cristo, solamente el 30% de la humanidad
cree, lo conoce y es su discípulo. Desde el altar, Jesús nos hace una
invitación: tomar conciencia de la necesidad de construir comunidad, de
no separar la Misa de la fraternidad.
- Lectura:
Lucas 24,13-35 (leerlo despacio).
- Peticiones
En
esta aparición del Resucitado, pone Lucas de relieve algunos rasgos
fundamentales: la importancia que tiene la Sa-grada Escritura que abre
el corazón de los discípulos para encontrarse con Cristo en la
Eucaristía, y vuelven a la comunidad para vivir juntos a ella esta
experiencia.
* Todos: Maestro, enséñanos a buscar la
fraternidad.
Para
entender su misterio es necesario recordar y creer la Palabra, puesto
que en ella se ha revelado el designio divino que Cristo debía cumplir,
a través del sufrimiento y de la muer-te en el Calvario, para
enseñarnos que para vivir hay que morir.
*
Todos: Maestro, enséñanos a asumir el dolor y
el sacrifi-
cio, que cada día nos viene.
De
este modo realiza, la esperanza de redención y fra-ternidad por toda la
humanidad. Jesús mismo, el desconocido compañero de camino, se abre, y
explica el sentido de las Escrituras a quien se pone a la escucha y
busca el amor fraterno.
* Todos: Maestro, ayúdanos a
abrir el corazón a tu Palabra.
A
lo largo del camino se produce así el paso de la tris-teza a la alegría
que pone ardiente el corazón hasta que llegan al reconocimiento del
Resucitado a través de un gesto tan cotidiano como significativo: la
fracción del pan.
* Todos: Maestro, que vivamos la
alegría que produce el en-
cuentro contigo.
El modo de realizar ciertos gestos
fraternales, revela, en
efecto, la identidad del
que los hace. Por eso desaparece el peregrino, ya saben lo que tienen y
hacer en la comunidad.
* Todos: Maestro, que te
reconozcamos y te amemos en el
Pan Vivo del Altar.
- Oración
No
hay fraternidad que no sea cristiana, lo otro sería solidaridad. En el
primer milenio, el cristianismo vio la fraternidad cristiana de Europa
y el segundo milenio vio la fraternidad cristiana de América y África.
Oremos para que el tercer milenio traiga la fraternidad cristiana de
Asia.
Recemos juntos la oración de la fraternidad:
Padre nuestro…
- Conclusión
Señor
Jesús: tú que nos enseñaste constantemente el camino de la fraternidad
y el deseo de que “todos seamos uno”, danos fuerza para que sigamos
buscando formas de hacer fraternidad, una tarea difícil para nuestras
pequeñas fuerzas. Acoge nuestros esfuerzos y danos la luz para
llevarlos a su fin. Por Cristo Nuestro Señor.
TEMA
III: ACTITUDES QUE CONSTRUYEN FRATERNIDAD
Objetivo:
Reflexionar sobre la peculiaridad de la naturaleza humana y profundizar
en el concepto de fraternidad.
1.- DESARROLLO
1.1.-
Introducción
Fraternidad
es un término que todos utilizamos, del que todos sabemos mucho. Nos
atrevemos a opinar cómo debe ser la fraternidad, quién la vive bien o
mal, pero también nos encontramos muchas veces lo complicado que
resulta vivirla, es un proceso de toda una vida.
Decimos
saber de
fraternidad por haber experimentado sobre nosotros mismos la necesidad
de que no podemos estar solos en la vida, necesitamos de los otros,
echamos de menos la fraternidad y, sin embargo, resulta difícil
clarificar, por qué no la vivimos siempre y la rompemos con tanta
facilidad.
Partiendo de que la persona es un ser que
necesita de
los otros, la fraternidad es un valor cristiano del que se des-prenden
varias actitudes.
PARÁBOLA: LAS TINAJAS DE LA
FRATERNIDAD
Había
una vez tres tinajas, que se encontraron en el almacén de un alfarero y
comenzaron a desahogarse; sentían miedo por su destino.
La
primera dijo: “A mi me gustaría ir a parar a la casa de un rey, ser
utilizada para el vino y de ahí llenar todas las copas, sentir las
grandes fiestas, pero me da miedo que me usen, para basura o meter
cosas viejas, pues soy de barro bueno y estoy bien cocida”.
La
segunda dijo: “Me gustaría servir en un laboratorio para que depositen
colonias y así perfumar el mundo de buen olor, pues soy muy delicada y
tengo buen gusto”.
La tercera dijo: “A mi me gustaría
llegar a un
gran ho-tel, y servir para que depositen, un buen aceite, dar sabor a
to-das las comidas y escuchar decir a la gente lo bueno que está”.
Llegó
el día de la partida, las llevaron al mercado.
La
primera la compró un carnicero y echaba en ella los despojos y
suciedades malolientes de la carnicería. Estaba muy disgustada de su
misión.
La segunda la compró un tendero y la llenó de
sosa
cáustica, aquel horrible olor la mareaba, pensaba en sus aden-tros
¿tanto esfuerzo del alfarero haciéndome tan bella y acabar así? Se puso
a llorar.
La tercera la compraron unos ladrones y
echaban en ella
todo lo que robaban. Ella se sintió muy molesta y se preguntó si
aquello tan injusto era una misión.
Pasó el tiempo y
los dueños las abandonaron en rin-cones inimaginables…
La
primera tinaja la encontró un pastor, la limpió y se la vendió por muy
poco precio a un señor rico que la dejó en un pequeño almacén. Un día
hubo una boda en la casa, de pronto entró una mujer en el almacén, la
tomó y la limpió con cariño, la llenó de buen vino que sacaba y servía
en copas. “Se terminó el vino. De pronto escuché la voz de un hombre,
ordenó me llenaran de agua, la mujer sonrió y dijo a los criados «haced
lo que él os diga». Pero cual sería mi sorpresa, de pronto sentí, que
dentro de mí había vino. Todos estaban contentos, aquel vino era el
mejor que habían probado y yo el mejor que había guardado. Sentí que mi
ilusión se había cumplido, el vino no se acababa, viví la fraternidad
con aquella gente”.
La segunda tinaja la encontró un
posadero, la
llenó de aceite de oliva. “Me sentí muy bien al comprobar lo
consegui-do; un día oí ruidos en la posada, trajeron un hombre herido,
se quejaba mucho, el dueño envió a un criado por aceite, y le de-cía;
«Cúrale las heridas con ese aceite que es el mejor». Al cabo de unos
días vi cómo el herido estaba feliz y curado; me sentí muy bien, mi
misión había construido fraternidad”.
La
tercera la encontró un comerciante de aromas caros,
un
día llegó una mujer muy guapa llorando y con prisa, pidió una cantidad
mayor de perfume que de costumbre, se metió en una casa donde estaban
cenando y a los pies de un hombre muy sereno lloró, regándole los pies
con lágrimas y perfume. “Un agradable aroma llenó el ambiente, me sentí
bien, aquel perfume había servido para encontrarse con aquellas
personas; sentí la fraternidad”.
Un tiempo después,
en un mercado
de vino, aceite y perfume se volvieron a encontrar las tres tinajas;
les dio mucha alegría verse de nuevo; se contaron las penalidades y
gozos que habían vivido hasta llegar donde estaban. “Tú el perfume,
ella vino, yo el aceite. Salimos del mismo alfarero, pero con miras muy
individualistas, queríamos ser el centro de todo y nos unió una misma
misión: construimos fraternidad. Nunca hubiéra-mos imaginado lo que nos
iba a suceder. Aquel día llenas de miedo por nuestro destino; hoy
llenas de satisfacción, por construir fraternidad. Hay que
estar
siempre en camino hacia ella... y no cansarnos, es lo único que nos
produjo alegría y sentido, siempre hay un día que se puede lograr.
1.2.-
Contenido
Para
crear fraternidad se necesitan unas actitudes y tres protagonistas:
Jesús, el otro y yo. El ambiente de la fraternidad depende de nuestras
actitudes en la convivencia con los demás, hay que construirla en la
parte que nos toca a cada uno; en Jesús siempre se da.
Algunas
actitudes que construye fraternidad:
a) Basado en el
mandamiento del amor.
La fraternidad es la vocación
última del hombre y extensión del mandamiento evangélico del amor
recíproco (cf. Juan 15,17).
b) Tenacidad.
En
el ejercicio virtuoso de luchar hasta el final por conseguir el
objetivo.
c) Diálogo. Dialogar, ¿pero cómo? Desde la
vida…
d) Viviendo las alegrías y tristezas del grupo
como tuyas.
Haz
tuyos sus problemas. Gózate en los triunfos de los demás, como de los
propios. Respeta profundamente las ideas y la vida del otro. Todas las
personas suelen ser muy sensibles a esta actitud de escucha.
e)
Manos que trabajan.
Trabajar con responsabilidad en
el grupo, no dejes que otro haga lo que debes hacer tú.
f)
Cristianos audaces.
¿Qué implica ser cristiano?,
¿cuáles son nuestros retos en un mundo individualista, consumista…?
g)
Aprender a fracasar.
¿Qué lecciones hay que aprender
del fracaso? ¿Se nos educa para el éxito?
h)
Paciencia.
Para contigo mismo y con los otros; somos
frágiles, no pode-mos todo, pero si muchas cosas que logramos hacerlas
bien.
i) Perdonar y olvidar.
Perdonar
es un don de Dios. Mientras miraba una pequeña herida que me hice hace
pocos días en mi mano, observaba como iba desapareciendo, borrándose.
Procura amar a fondo perdido, sin pasar factura, sin exigir respuesta.
j)
Misión de servicio.
No es individualista, no tiene un
fin en sí misma, sino un bien para la comunidad.
IMPORTANCIA
DEL ACONTECIMIENTO PASCUAL
Jesús
es revelación de Dios. Continuidad, porque es el mismo núcleo de
revelación del Antiguo Testamento; y discontinuidad, porque supone
ruptura del Dios poder, dominador, justiciero a un Dios amor, comunión,
gratuidad, perdón… PADRE.
Por la comunión de amor
existente entre
Padre, Hijo y Espíritu Santo, supone un Dios fraternidad. Pablo pondera
la novedad y la grandeza de esta nueva revelación (cf. Efesios 1).
Puede verse el himno cristológico que escribe a los Filipenses 2,6-11.
Entramos
en la fraternidad partiendo del misterio de la muerte y resurrección de
Cristo.
2.- ILUMINACIÓN
Trabajar
estos textos en pequeños grupos y llevarlo a un debate coordinado:
Mateo
11,25ss.
Testimonio y mensaje, n. 124.
Folleto
formación UNER 12: “La elocuencia de los hechos”.
Gaudium
et spes, n. 1.
3.- COMPROMISO
Vivir
con mayor radicalidad y esfuerzo, las actitudes de fraternidad,
enumeradas en la introducción, que más se necesi-ten en tu entorno
familiar, grupal, parroquial, laborar…
4.-
EVALUACIÓN
De los Ritos iniciales de la Misa,
descubre los momentos que tienen relación con la fraternidad.
1.-
Rito de entrada.
2.- Saludo inicial.
3.-
Acto penitencial.
4.- Gloria.
5.-
Oración colecta.
5.- ORACIÓN
Preparar
un símbolo que represente las actitudes frater-nas que se viven en el
grupo y otro que represente las que menos se viven. Quemar este último.
Orar juntos el “Padre Nuestro” ante la Sagrario,
unien-do
nuestras manos en el momento de “perdona nuestras ofen-sas así como
nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Hacer una pausa y pedir
perdón en silencio y que cada uno lo acoja en su corazón.
Al
final darse el abrazo de la paz.
ENCUENTRO
DE ORACIÓN III: ACTITUDES QUE CONSTRUYEN FRATERNIDAD
Introducción
La
Eucaristía, fuerza generadora de fraternidad es don de Dios.
*
Alimento para el camino: «Yo soy el Pan de Vida».
*
Condición de vida: «Quien no coma la carne del Hijo del Hombre… no
tendrá vida».
* Presencia viva y vivificante: «Yo
estaré con vosotros, hasta el final de los tiempos».
*
Es lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la
historia.
* Es el don por excelencia, porque es don
de Jesucristo, de su persona en su santa humanidad y de su obra de
salvación.
* Misterio grande, misterio de
misericordia.
* La Iglesia vive del Cristo
eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada.
*
Misterio de la Presencia real.
* Fuente y epifanía de
comunión.
- Habla D. Manuel González
«La
Sagrada Eucaristía es el corazón de la Iglesia, es su esencia, su
centro, su vida...
Es
Jesucristo tal como quiere ser buscado, deseado, creído, amado,
obsequiado, agradecido y adorado en la tierra por los hombres.
Es
Jesucristo repitiendo cada día el Calvario y el Evangelio, y
perpetuando hasta la consumación de los siglos, la redención de aquél y
los milagros de éste.
Es el Jesucristo de la gloria
hecho
alimento, luz, solución, redención, defensa,
medicina y
resurrección de los peregrinos de la tierra.
La
Eucaristía es, si cabe decirlo así, el Jesucristo nuestro o en el
estado en el que más nos conviene, tan necesario a nuestra vida como el
aire a los pulmones» .
- Lectura: Juan
13,1-15.
- Reflexión
Desde
esta perspectiva, la fraternidad, fruto de la Euca-ristía, exige
dejarse lavar los pies o, en otras palabras, creer en la acción de
Dios, dejarle hacer.
En la actitud de servicio
humilde de Jesús:
levantarse de la mesa, despojarse de las vestiduras de gloria,
inclinarse hacia nosotros en el misterio del perdón, la fe de la
Iglesia ve el fin natural de toda Celebración eucarística: «Nos amó
hasta el extremo».
La auténtica participación en la
Misa no puede dejar de generar correspondencia de amor.
«Si
amor con amor se paga, el
amor mayor de Cristo
debe
pagarse con el mayor amor del cristiano. Es decir, con amor hasta el
sacrificio y por toda la vida. Si el amor que tiene Jesús Eucaristía es
amor de “Hostia entregada”, yo debo ser para Jesús “hostia de amor”» .
La
fe se demuestra en la fraternidad: lavar los pies a los hermanos: «Pues
si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también
debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que
también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Juan 13,14-15).
Aceptar
el lavatorio de los pies significa:
* Tomar
parte en la fraternidad del Señor.
* Experimentarla
en nosotros mismos, dejarnos identi-ficar con esta actitud.
*Continuar
el lavatorio, lavar con Cristo los pies sucios del mundo.
EUCARISTÍA
ESCUELA DE AMOR FRATERNO
«A
los gérmenes de disgregación entre los hombres, que la experiencia
cotidiana muestra tan arraigada en la humanidad a causa del pecado, se
contrapone la fuerza generadora de fra-ternidad de Cristo. La
Eucaristía, construyendo la fraternidad en Iglesia, crea precisamente
por ello comunidad entre los hom-bres» .
Las acciones
y palabras de Jesús durante la última cena
son
el fundamento de la nueva fraternidad mesiánica, el Pueblo de la Nueva
Alianza, la Iglesia. Cualquiera que reconozca esta fraternidad y busque
experimentarla, entra en comunión con ella .
El
mandamiento nuevo
es un mandamiento que comprende también a los que han sido separados de
la Iglesia, porque Jesús expresó su deseo de «que todos sean uno» (Juan
17,21) durante la misma cena eucarística.
- Recitar
a dos coros
Todos: Del amor sin medida de Cristo,
nace un nuevo modelo de fraternidad. Todo se hace nuevo en Cristo.
1-
Una nueva humanidad liberada del pecado;
2- un
nuevo pueblo: la Iglesia vivificada y asistida por el Espíritu Santo.
1-
Una nueva ley: la del mandamiento nuevo del amor;
2-
un nuevo sacrificio: el que anuncia la muerte y la resurrección del
Señor.
1- Un hombre nuevo: el redimido por la sangre
de Cristo;
2- un nuevo alimento: la Eucaristía.
1-
Una nueva evangelización que invita con mayor entusiasmo y esperanza a
ofrecer la Buena Nueva de Cristo para todos los pueblos;
2-
una nueva civilización: la del amor.
1- Un camino
nuevo, que debe recorrer la Iglesia para cumplir fielmente los mandatos
que se le han encomendado.
Todos: Por este modo
de fraternidad en Dios, Cristo se ha
hecho Alimento del pueblo de Dios.
- Reflexión
DESCUBRIENDO
EL ROSTRO DE CRISTO EN EL PRÓJIMO
Mientras
el Señor está presente de manera especial en las especies eucarísticas,
no está menos presente en nuestros hermanos. Por lo tanto, reconocer al
Señor en el pan y vino e ignorarlo cuando se hace presente en el pobre,
el enfermo y el preso, es separar la Eucaristía del contexto de la
comunión y la vida cristiana: quien no ama a su hermano o hermana a los
que puede reconocer en la carne, no puede amar a Jesús que debe ser
reconocido en el pan y el vino (cf. 1 Juan 4, 20).
UNA
LLAMADA ESPECIAL A VIVIR LA FRATERNIDAD CON DIOS Y LOS HERMANOS
«Donde
dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»
(Mateo 18,20).
«Porque el pan es uno, somos muchos un
solo cuerpo pues todos participamos del único pan» (1Corintios
10,16-17).
En la luz, estamos en comunión unos con
otros (cf. 1Juan 1,3.6-7).
«Nosotros
hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (1Juan
4,6). Hemos tenido la suerte de conocer el don de la Eucaristía.
ESTAMOS
DISPUESTOS A DAR PASOS DE FRATERNIDAD
Dejarnos lavar
y disponernos a lavar los pies de nues-tros hermanos desde:
*
Una mirada de fe: fraternidad universal. Todos somos gestados en las
entrañas de misericordia de Dios. Amar a todos.
*
Acogida y amor al prójimo más próximo.
* El amor se
hace servicio siempre, enseguida, gratuito y con alegría.
*
Un amor así es contagioso, se extiende. “El fuego, lo que toca, lo
transforma en fuego”.
- Recitar juntos el
Padre Nuestro (juntas las manos)
- Con María
VIVIR
LA FRATERNIDAD EN UNIÓN DE MARÍA INMACULADA, LA “MUJER EUCARÍSTICA”
En
la anunciación, María se dispone a que Dios la llene y actúe en ella:
dice sí y cree. En la visitación, María se con-vierte en portadora de
Cristo y es testigo de la acción de Dios: “El poderoso ha hecho en mí”.
En Caná, María transmite su experiencia: “Haced lo que Él os diga”.
- Oremos
La
Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María,
toda ella un Magníficat.
- Canto del
Magníficat
- Acción de gracias
Se
encienden lámparas y se da gracias.
TEMA
4: ¿UNA OFRENDA SIN PERDÓN?
Objetivo:
Descubrir que en la Celebración de la Eucaristía, Jesús nos reconcilia
con Dios y que este perdón que recibimos nos exige el perdón hacia el
hermano.
DESARROLLO
1.1.-
Introducción
PARÁBOLA: AMIGOS EN EL DESIERTO
Una
historia que habla sobre el perdón y la verdadera amistad.
Dos
amigos viajaban por el desierto y en un determina-do punto del viaje
discutieron. Uno, ofendido, sin nada que de-cir, escribió en la arena:
"Hoy,
mi mejor amigo me pegó una bofetada”.
Siguieron
adelante y llegaron a un oasis donde resolvie-ron bañarse. El que había
sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el
amigo. Al recuperarse, tomo un estilete y escribió en una piedra:
"Hoy
mi mejor amigo me salvó la vida".
Intrigado, el amigo
preguntó: ¿Por qué después de que te lastimé, escribiste en la arena, y
ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro
amigo respondió:
"Cuando
un gran amigo nos ofende, debemos escribir en la arena, donde el viento
del olvido y el perdón se encargaran de borrarlo y apagarlo; por otro
lado, cuando nos pase algo grandioso, debemos grabarlo en la piedra de
la memoria del corazón, donde el viento no podrá borrarlo".
Las
relaciones humanas, por ser relaciones perfectibles más no perfectas,
tienen que basarse en el perdón, sólo así podremos construir una
verdadera amistad y, aunque muchas veces signifique renunciar a
nosotros mismos y duela, podre-mos realmente amar, ser amados y por
ende alcanzar la plena felicidad.
1.2.-
Contenido
¿CÓMO HAY QUE ACUDIR?
a)
Las actitudes adecuadas para poder celebrar la Eucaristía que instituyó
Jesús, no nos las inventamos nosotros. El Espíritu que enseña a la
Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (cf. Juan 14,26), es
también quien le instruye en este punto. Él nos enseña a acercarnos al
misterio de la donación de Dios con unas actitudes que, expresando los
sentimientos más profundos del corazón humano, coinciden con las
actitudes religiosas del pueblo de Israel que vemos en la Biblia, con
las del mismo Jesús y con las de su Iglesia. En una palabra, el
Espíritu nos lleva a acercarnos a la Eucaristía desde Jesús, como Jesús
y con Jesús, es decir, como cristianos. ¿Cuáles son las actitudes que
nos inspira el Espíritu? Buscar en el Catecis-mo de la Iglesia
Católica, nn. 2626-2643.
b) El primer movimiento que
suscita el
Espíritu ante la Eucaristía es la petición humilde de perdón y el deseo
de conversión. Ante todo, siempre que nos acerquemos a la Eucaristía,
hemos de recordar aquellas palabras del Apóstol: «Examínese, pues, cada
cual, y coma así el pan y beba de la copa» (1Corintios 11,28); no
podemos sentarnos a esta sagrada Mesa con la conciencia manchada; sería
contradecir la esencia misma de la comunión que vamos a vivir. Pero es
que, además, siempre que nos acercamos a recibir el Cuerpo de Cristo
«entregado por nosotros» y su Sangre «derramada por nuestros pecados»,
nos sentimos indignos y necesitados de perdón. Como el publicano
imploramos: «Ten compasión de mí que soy un pecador» (Lucas 18,3). Como
el hijo pródigo reconoce-mos: «No merezco llamarme hijo tuyo» (Lucas
15,21). Y con el centurión afirmamos: «Yo no soy digno de que entres en
mi casa» (Mateo 8,8). Y esto necesitamos hacerlo desde el princi-pio de
la celebración, para situarnos ante Dios desde nuestra verdadera
realidad.
c) Una actitud fundamental que requiere la
Eucaristía
es abrirse a la comunión con los hermanos. Recordemos, una vez más, que
san Pablo explica el verdadero significado de la Eucaristía
precisamente con el fin de hacer volver a los cristia-nos de Corinto al
espíritu de la comunión fraterna, rota por sus divisiones (cf.
1Corintios 11,17-34). La Eucaristía, en cuanto lleva a perfección la
comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo, por
obra del Espíritu Santo, exige la comunión fraterna, la expresa, la
educa, la alimenta y la hace crecer .
Esta comunión
tiene una
dimensión invisible que, en Cristo y por la acción del Espíritu Santo,
nos une al Padre y entre nosotros: «Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y
sus miembros cada uno por su parte» (1Corintios 12,27).
El
perdón es la opción cristiana ante un mundo tan inhumano. «Si en el
momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene
algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a
reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda»
(Mateo 5,23-24).
Saber perdonar es un “arte del
espíritu”. Hay
que tener mucho coraje para saber perdonar. La llamada cristiana al
perdón forma parte de lo que es más radical y nuclear del mensaje
evangélico: el amor. Hablar del perdón sorprende, pero no es un aspecto
distinto del mensaje evangélico, sino que manifiesta el rostro
cristiano del amor.
Se aprende a perdonar, a partir
de la Palabra
de Dios y del Espíritu de Jesús. Y se aprende no como algo raro y
subli-me que llega a nuestra vida como un añadido, sino como res-puesta
a la pregunta que la humanidad se formula y que todos sentimos dentro:
cuál es la actitud adecuada ante los demás, y en concreto, ante los que
hacen y nos hacen mal.
El amor cristiano se
manifiesta en el amor que perdona. Dios llama a un amor que perdona,
llama a la paz y a la reconciliación.
Metidos
en este mundo tan violento, la actitud de perdón está llamada a crear
ámbitos de humanidad, a recuperar relaciones que quizás ya han sido
rotas, paliando así heridas muy hondas.
Saber
perdonar comporta
dos cosas: aceptar y entender al agresor; no acepta su error o malicia;
entender que yo soy débil y pecador, que yo también estoy envuelto en
mal.
Sólo el que acepta que es pecador, aprende a
perdonar. Para
perdonar de corazón tengo que tener experiencia de sentir-me perdonado
por Dios. Saberse ya perdonado es el único clima que hace capaz al
hombre de dar estos dos pasos: entender al que hace el mal y aceptar
mis propias limitaciones.
En el Padre nuestro,
pedimos perdón al Padre por nues-
tras
faltas, por las ofensas que cometemos, por las deudas que tenemos, por
nuestros pecados de omisión. Y también manifes-tamos con claridad
nuestra intención de promover relaciones nuevas entre las personas. Nos
presentamos ante Dios para decirle que estamos dispuestos a perdonar,
que nos animamos a ser transmisores de su perdón, perdonando a los
demás.
2.- ILUMINACIÓN
El
perdón nos libera. Fuera de Cristo no hay auténtica libertad: Gálatas
5,1-3.13; Romanos 8,2; Juan 8,31-36; Santiago 1,25.
El
Reino es presentado por Jesús como una praxis libera-dora: Marcos 8,35;
Mateo 6,33; Lucas 12,31.
Testimonio y mensaje, nn.
61, 72, 225, 226.
El
hombre es libre cuando coopera con la gracia: bajo el influjo de la
gracia la voluntad del hombre permanece siempre libre. El pecado, la
muerte y la ley invalidan históricamente a la libertad. La gracia se
transforma por ello en una liberación de la libertad humana, el
trampolín desde la deshumanización que inflige el pecado hasta la
humanización plena.
3.-
COMPROMISO
Revisa las relaciones con tus hermanos más
cercanos y pide perdón si crees que con alguno algo no anda bien.
4.-
EVALUACIÓN
a) Leer a nivel personal o grupal y
reflexionar el texto de Rahner sobre la gracia.
RAHNER:
Busca un sentido de gratuidad.
«'Mérito',
en el sentido teológico de la palabra, significa una característica de
lo que nos da la gracia de Dios, no un dere-cho autónomo que el hombre
haya adquirido por sí mismo frente a Dios. Mérito significa: Dios
concede en su gracia que lo que hace-mos en el tiempo tenga una
homogeneidad interna con lo que es la vida eterna: comunidad con Dios
en una verdadera participación íntima de la naturaleza divina que nos
ha sido realmente concedida. Mérito significa eternidad en el tiempo,
llegada de la gracia de Dios y de la vida eterna a nosotros. Es don de
Dios: porque Él nos ha dado la posibilidad de realizar actos de vida
eterna. Por eso el mérito no nos glorifica a nosotros sino a Él […]. El
hombre es poseído por la vida de Dios cada vez más, cada vez más
profunda y existencialmente; que esta vida le llena cada vez más en
todas las direcciones de su existencia».
b) Buscar
tres citas de la Palabra de Dios, del apartado iluminación que hable de
la libertad que produce el perdón.
c) Trabajar un
número de Testimonio y mensaje y sacar un pequeño texto de lo que el
Bto. Manuel González dice sobre la Gracia.
5.-
ORACIÓN
Dentro de la sala hacer una pequeña oración
de perdón.
Poner la sala a oscuras, encender unas
lámparas, de una en una, según se van haciendo aclamaciones de perdón,
hasta la última.
Darse el abrazo de paz o cantar una
canción relacionada.
ENCUENTRO
DE ORACIÓN 4: ¿UNA OFRENDA SIN PERDÓN?
Esta
celebración se puede hacer en cuaresma o adviento. Los momentos de
pausas y silencio se adaptan a las circunstancias del grupo orante.
-
Introducción
TENGO SED DE OFRECER EL PERDÓN, DE
ACOGERLO
Señor,
aquí estoy ante ti, con mi pobreza y mi nada. Quiero buscarte con amor.
Mi alma tiene sed de ti, todo mi ser suspira por ti, «como tierra
reseca, agostada, sin agua».
Tengo una insaciable
nostalgia de ti, una dolorosa año-ranza de tu presencia.
Necesito,
Señor, silencio. Tú lo sabes mejor que yo, y te necesito a ti que eres
el Amor.
Mi
vocación eres Tú, Señor, sólo Tú, sólo Tú. En ti todo tiene sentido,
sin ti todo es vaciedad superflua. Sólo en ti, Señor, quiero vivir. En
ti está el sentido de mi vida. Tú eres mi única nostalgia.
- Canto:
“Vengo ante Ti mi Señor”.
- Invocación al
Espíritu Santo
Espíritu Santo, enciéndeme con el
fuego de tu sabiduría, para que sólo pueda amar lo que es santo.
Espíritu
Santo, ilumíname con tu inteligencia, para que sólo pueda comprender lo
que es santo.
Espíritu Santo, refleja en mí la luz de
tu consejo, para que sólo pueda discernir lo que es barro y pecado en
mi vida y
me deje transformar.
Contemplar
a Cristo implica saber reconocerle donde-quiera que Él se manifieste,
en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento de la
fraternidad, donde podemos compartir el perdón mutuo.
Espíritu
Santo, infúndeme el fuego de tu fuerza, para que sólo pueda desear lo
que es bueno.
Espíritu Santo, derrama en mí tu
conocimiento, para que sólo pueda hacer lo que es correcto.
Espíritu
Santo, dame devoción ardiente, para que sólo pueda buscar lo que te
agrada.
Espíritu Santo, quémame en mi vida, para que
no pierda los deseos de buscarte.
- Reflexión
La
Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es
iluminada para perdonar y ser perdonada.
La
Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, lugar de vivir el
perdonar y ser perdonados. «Misterio de luz». Cada vez que la Iglesia
la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de
los dos discípulos de Emaús: «Entonces se les abrieron los ojos y le
reconocieron». Se sintieron perdonados.
El
mundo de hoy está
orgulloso de sus conquistas, se
jacta
de estar bajo el signo del progreso. El hombre moderno corre, corre
mucho, está devorado por el vértigo de la veloci-dad, pero su carne
anhelante ha terminado por dejar a sus espaldas muchas cosas
importantes. El hombre de hoy lo tiene todo pero le falta algo, se
siente insatisfecho.
«Nos hiciste Señor para Ti, y
nuestro
corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». El hombre por
naturaleza tiende a Dios, pero parece no darse cuenta y anda buscando
otras identidades, otros lugares vacíos que no pueden saciar su sed de
amor. Vive la angustia de no sentir el perdón, porque dice no le hace
falta, por que no necesita perdonar a nadie y ser perdonado, en la
angustia de no haber sido comprensivo con sus caídas y equivocaciones,
de haberse perdonado y pacificado.
Solo Dios puede
saciar esa
sed. Solamente poniéndonos cara a cara con Él brotará esta súplica:
¡Señor tengo sed de Ti! Me amas como soy, desde dentro hacia fuera y de
fuera hacia dentro.
Sed de Dios: desearle y adorarle,
sentir
nostalgia de su presencia en nuestra vida, es decir, caer en la cuenta
de que amamos pero que nuestro amor ha de crecer, de que cada día
hacemos camino en la fraternidad pero, que aún
queda mucho
por recorrer.
De
sentirnos poseídos, pero conscientes de que todavía no le pertenecemos
del todo. Tener sed de Dios es realidad de amor y deseo de alcanzarlo.
Es el todo y el nada.
¿Cómo vives esa nostalgia?
¿Cómo vives por
dentro? ¿Qué buscas? ¿Qué deseas? ¿Qué hay detrás de todo lo que vives?
¿Está Él? ¿Sólo Él? ¿Cómo te sitúas ante Cristo desde tu realidad?
¿Crees que es capaz de llenar tu vida de perdón y misericordia?
Mira
en tu interior, sé sincero contigo mismo, descubre que solo puedes
vivir en Él y para Él, que lo es todo en ti, solo Él plenifica tu vida.
- Gesto
SOLO SU PERDÓN
VIVIDO COMO REGALO TE HACE FELIZ
(Dejar una breve
pausa).
* Hacer una ofrenda con nuestras firmas en un
papel en blanco, colocarlo en el altar, y dejar que el Señor ponga el
sello
del perdón.
*
Recogerlos y escribir algunas cosas de las que aún tengo dudas que el
Señor me las perdone y orarlas a nivel personal, sentir que hace mucho
tiempo me perdonó. Soy yo el que no me he perdonado.
Si
tu
corazón está seco, estás como un leño delante de Dios, sin ningún deseo
de Él, clama tu sufrimiento, llama a la puerta de Dios hasta que te
abra.
Quiere concederte lo que le pidas, pero Él
espera que
perseveres hasta el final de tus fuerzas. Grita desde tu corazón:
¡Señor tengo sed de tu perdón!
- Lectura:
Juan 7,37-39.
- Reflexión
Ante
la contemplación del Cristo Eucarístico:
¿Qué
me regala Él? ¿Dejo hacer al Espíritu? ¿Acepto la vida nueva que me
ofrece? ¿Vuelvo continuamente al encuen-tro con Él? En mis cansancios y
fatigas, ¿confío en que en Él está mi descanso? ¿Sé saciar mi sed en la
fuente de agua viva que Jesús me ofrece?
- Canto
o música meditativa
- Preces
Jesús,
te reconocemos presente en
la Eucaristía y en nuestra
vida, pero también nos reconocemos débiles y pecadores, sobre todo
reconocemos que no siempre sabemos corres-ponder a tu presencia y al
don de tu perdón.
* Por las veces que nos cerramos a
tu presencia amoro-sa en la Eucaristía, donde nos espera siempre.
Todos:
Te pedimos perdón, Jesús.
* Por no haber sabido
valorar que en los momentos agradables y en los desagradables estás Tú.
Todos:
Te pedimos perdón, Jesús.
* Por no ser en todo
momento testigos verdaderos de tu presencia salvadora.
Todos:
Te pedimos perdón, Jesús.
* Por las veces que no
creemos que tu presencia nos renueva y vivifica.
Todos:
Te pedimos perdón, Jesús.
*Jesús,
Tú eres el Hijo de Dios, has resucitado y tienes pleno poder para
enviar a tus discípulos, y en ellos a nosotros, a comunicar tu perdón a
la humanidad.
Todos: Te pedimos perdón, Jesús.
- Enfrentado
a mis huellas de pecado
Déjame
que comprenda que soy pecador, limitado, que en la huella de mi
persona, hay algunas rayas que no empeza-ron bien. Las huellas del
perdón no son como las biológicas que nos hacen únicos para siempre.
Las huellas del perdón todos los días son diferentes y nuevas, cada día
se da una nueva creación con tu perdón, nos hacemos hombres nuevos.
Pero vivimos como si fueran perennes y no sabemos vivir de la novedad,
de la gran noticia que es el perdón recibido y donado, para quitar las
huellas viejas, solo hay que confiar en Ti.
- Salmo
56: Oración de misericordia. (Recitarlo a dos coros)
Misericordia,
Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me
refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la
calamidad.
Invoco al Dios Altísimo,
al
Dios que hace tanto por mí:
desde el cielo me enviará
la salvación,
confundirá a los que ansían matarme,
enviará
su gracia y su lealtad.
Estoy echado entre leones
devoradores
de hombres;
sus dientes son lanzas y flechas,
su
lengua es una espada afilada.
Elévate sobre el cielo,
Dios mío,
llene la tierra tu gloria.
Han
tendido una red a mis pasos,
para que sucumbiera;
me
han cavado delante una fosa,
pero han caído en ella.
Mi
corazón está firme, Dios mío,
mi corazón está firme.
Voy
a cantar y a tocar:
despierta, gloria mía;
despertad,
cítara y arpa;
despertaré a la aurora.
Te
daré gracias ante los pueblos, Señor;
tocaré para ti
ante las naciones:
por tu bondad, que es más grande
que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza las
nubes.
Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y
llene la tierra tu gloria.
- Acción de
gracias por el perdón
Tú vives y estás en medio de
nosotros, y estás siempre perdonando. Tú eres el Dios-con-nosotros, el
Emmanuel.
Tu presencia nos sostiene, nos fortalece,
nos anima, nos envía. Te reconocemos presente y vivo, aquí, en la
Eucaristía.
Todos: Gracias, Señor, porque estás con
nosotros.
Jesús, estás con nosotros. Tu presencia es
como el aire que aspiramos y nos penetra, nos renueva y nos conforta.
Todos:
Gracias, Señor, porque estás con nosotros.
A
pesar de los problemas y dificultades que nos presen-ta el día a día,
podemos ir adelante y superar todo obstáculo, porque, Tú, Jesús estás
en medio de nosotros.
Todos: Gracias, Señor, porque
estás con nosotros.
Cuando
los que no te conocen o no te aman, quieran frenar nuestro deseo de
buscarte y estar contigo, Señor, haznos experimentar tu amor y tu
presencia.
Todos: Gracias, Señor, porque estás con
nosotros.
Porque
nos sentimos llenos de alegría por lo que nos sale bien,
y
sobre todo por saber
que Tú, Señor, nos
amas y
acompañas en el camino.
Todos:
Gracias, Señor, porque estás con nosotros.
- Gesto
Llevar
un cántaro y pasárselo unos a otros. Desde el silencio, que cada uno lo
vacíe, mentalmente, de lo que desea dejar en el brocal, después
llenarlo de agua fresca y beberla a la salida.
- Quiero
dejar mi pobreza (Recitarlo con voces diferentes).
Llena
mi pobre cántaro. Llénalo.
Quiero dejar aquí mi
barro, mi pobreza, mi pecado, mi nada.
aquí en el
brocal.
Quiero decirles a los míos,
a
los que encuentro cada día en el camino,
que vengan y
vean lo que he visto.
Quiero que para ellos seas
también el Mesías.
Quiero que salgan de sus cosas, de
su vida,
y se lleguen hasta ti.
Quiero
que tu alimento sea el mío.
Quiero llevar a cabo la
obra que tu Padre tiene sobre mí.
Quiero levantar la
vista y contemplar los campos:
ya están dorados para
la siega.
Quiero hacer la obra que tú quieras:
sembrar o segar.
Mis manos y mis pies para tus campos.
Quiero
entrar en tu labor.
Jesús, creo en ti porque te he
escuchado
y sé que realmente eres el Salvador del
mundo.
Jesús, estás cansado. La Cruz, siempre es tuya.
Señor,
te ha agotado el camino.
Estoy a gusto, sin más,
junto a ti. Yo te doy mi pobre barro.
¡Dame de tu
Agua Viva!
hecha perdón, para salpicarla en mi
familia, en mi trabajo,
en el mercado, en las calles,
con mis vecinos...
¡Señor, gracias por el agua del
perdón!
- Conclusión
Recitar
el Padre Nuestro, rodeando el cántaro al lado
del
Sagrario, o del Santísimo.
Señor,
al descubrir que siempre nos perdonas, necesita-mos tener conciencia
que tu perdón solo lo podemos acoger si nuestro corazón está vacío de
rencores y rabias, y si está dis-puesto a perdonar de forma gratuita
sin esperar nada a cambio. Te lo pedimos por Cristo, Nuestro Señor.
GESTOS
EN LOS RITOS INICIALES DE LA MISA
Genuflexión:
Gesto de adoración ante la presencia de Dios: «al Nombre de Dios toda
rodilla se doble», se hace po-niendo la rodilla derecha en el suelo,
mostrando así vasallaje ante el Señor.
Santiguarse:
Consiste en
hacer la Santa Cruz en nuestro cuerpo, de la cabeza al pecho y del
hombro izquierdo al derecho. Se trata de una confesión de fe en la
salvación de Dios a través de la Cruz.
Darse golpes
de pecho: Se
trata de un gesto de penitencia, de humildad, al reconocer la propia
condición de pecador. Tradicionalmente se hace con la mano tres veces,
aunque también se puede hacer una sola vez.
Inclinación
o
reverencia: Es gesto de respeto y reverencia ante algo o ante alguien,
bien se hace inclinación con la cabeza, o bien con el tronco.
Hacer
la señal de la cruz: Consiste en trazar tres veces la cruz en nuestro
cuerpo con el pulgar, para pedir a Dios que sus palabras las entendamos
con nuestra inteligencia (en la frente), las proclamemos con nuestra
boca (en los labios) y las llevemos en el corazón (en el pecho).
¿CUÁNDO
SE HACEN?
Genuflexión:
Se ha de hacer siempre que pasamos ante el Sagrario, donde está Dios
mismo y cuando se pasa ante el altar después de la consagración, ya que
está presente el Señor.
Santiguarse: Al principio de
la Misa y en la bendición final (aunque ésta última puede no hacerse).
Darse
golpes de pecho: Cuando se recita el «Yo confieso» y se dice: «por mi
culpa...», expresando así el propio dolor por los pecados.
Inclinación
o reverencia: Se hace siempre ante el Altar, símbolo de Jesucristo.
Hacer
la señal de la cruz: Al comienzo de la lectura del Santo Evangelio.
Besar
el Altar: Es un gesto de veneración, realizada por el celebrante, a la
mesa (el altar) donde se ofrece el sacrificio, y como manifestación de
fe.
Incensar: Para expresar respeto y reverencia a
Cristo; como
actitud interior de oración, y ésta suba, como suave olor, a lo más
alto; como actitud de ofrenda debida a Dios.
Aspersión
con agua:
Para hacer memoria de nuestro bautismo, somos un pueblo sacerdotal, una
nación consagrada que se dispone a celebrar su salvación.
Extender
las manos: Es la postura del hombre orante, en el caso del sacerdote,
al hacer las veces de Cristo Cabeza, es la oración de Jesucristo que
mira hacia el cielo para que la ofrenda que realiza sea agradable a
Dios Padre.
FORMACIÓN
COMPLEMENTARIA UNER
Estos
textos estudiadlos o leedlos como formación, lo que consideréis más
importante, llevadlos a debate a vuestro grupo, sacando tres o cuatro
conclusiones claves para llevarlas a la vida y a la acción pastoral.
Los
escritos del Nuevo Testamento no utilizan la palabra “laicos”, para
referirse a los miembros de la Iglesia naciente, sino que usan términos
como "llamados”, “elegidos”, “santos”, etc. La palabra "laico" proviene
del griego “laós” (pueblo). El término “laós” diferenciaba a la
comunidad cristiana, formada por consa-gra¬dos, del mundo exterior; a
los fieles de los que no lo son. Sin embargo, el adjetivo derivado se
utilizó desde Clemente de Roma para distinguir, dentro de la Iglesia, a
los simples fieles de los diáconos y los sacerdotes.
La
Constitución del Vaticano II - Lumen Gentium, en el número 31, acuña
una definición de laico: «Por laicos se entiende aquí a todos los
cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado
religioso reconocido por la Iglesia». La definición parece encerrar
sólo elementos negativos (laico es quien no es clérigo ni religioso);
se trata más bien de rasgos correlativos: se es cristiano como seglar,
como ministro o como religioso. Ser laico es una vocación directa, no
es el resto que queda por no haber sido elegido.
Lo
importante,
por tanto, es que el laico es "un cristiano", un miembro del Pueblo de
Dios: su identidad nace del sacramento del bautismo, que lo
hace
hijo de Dios, miem-
bro de
Cristo, templo del
Espíritu. En virtud de ese sacramento, participa de la triple misión de
Cristo -sacerdotal, profética y real-, a su modo específico de laico:
*
Toda la vida del laico puede ser ofrenda espiritual. Este sacerdocio
existencial adquiere su plenitud en la Eucaristía, cuan-do el seglar se
asocia totalmente a Cristo.
* Todos estamos llamados
a testimoniar en el mundo el mensaje de salvación de Jesucristo.
*
Todo el quehacer en el mundo es servicio para santificarlo.
Según
Lumen Gentium, en el número 10, la diferencia entre el sacerdocio común
de los fieles y el sacerdocio ministerial es de "esencia y no tanto de
grado". Ambos son participación del único sacerdocio de Cristo: la
ofrenda de la vida al Padre en favor de los hermanos. El sacerdocio
común es participación en plenitud de ese aspecto existencial. No hay
grado posible.
Jesucristo, como único mediador
entre Dios y los
hombres, no tiene sucesores. El sacerdocio ministerial añade al común
el ser instrumento y signo de Cristo mediador y está al servicio del
sacerdocio común. Desde el punto de vista de la "prioridad ontológica",
el principal es el común, pero este no puede existir sin el
ministerial. La pregunta no es quién participa más del sacerdocio, sino
cuál es el lugar de cada uno.
El laico vive todo lo
anterior en
el mundo, es decir, se caracteriza por su índole secular (seglar). El
ámbito en el que el laico vive su vocación es el mundo. En el mundo es
llamado por Dios y en la vida en sus múltiples dimensiones y
características, en su vertiente personal y social, debe estar como
fermento. El laico debe ser signo de que Cristo es el criterio y la
norma supre-ma de todas las realidades temporales.
Frente
a los
"estados de perfección" de otras épocas, el Concilio Vaticano II llama
a la santidad a «todos en la Iglesia, pertenezcan a la Jerarquía o sean
regidos por ella» .
La fraternidad-comunión es el
carácter
fundamental de la Iglesia. La comunión espiritual ha de manifestarse
visible y fra-ternalmente en una comunión orgánica, es decir, análoga a
la que se da en un organismo vivo, caracterizado por la diversidad, la
complementariedad y la unidad de vida. La diversidad en la unidad es un
valor; es la teología clásica del cuerpo místico de Cristo (Cf. Romanos
12; 1Corintios 12; Juan 15).
La situación del laico
en esa
estructura de fraternidad es realizar los ministerios que nazcan de los
sacramentos recibidos (Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Matrimonio).
Incluso si debe "suplir" al sacerdote en determinadas funciones, debe
hacerlo como laico, en su forma específica y con su condición.
Evangelización
y eucaristización, la dicha más profunda de la Iglesia, la construye
como comunidad de fe confesada, celebrada y vivida. En la nueva
evangelización es insustituible la acción misionera de los laicos, en
el campo de la familia, la acción caritativa, la política. Los fieles
laicos de ningún modo pueden abdicar del ejercicio de la política, es
decir, de la multiforme y variada acción, destinada a promover el bien
común la vida económica y social, los problemas del paro, la ecología,
la creación y transmisión de la cultura, los medios de comunicación
social.
REFLEXIONES DEL PAPA SOBRE EL PAPEL DE LOS
LAICOS EN LA IGLESIA
Ciudad del Vaticano, 17 de
diciembre 2005.
Tras
poner de relieve que el ambiente más esencial en la estructura de la
Iglesia es el de la parroquia, el Papa Benedicto XVI dijo que la
exigencia principal y más importante es que constituya una "comunidad
eclesial" y una "familia eclesial". Además del papel insustituible de
los sacerdotes, de modo particular de los párrocos, es importante la
participación activa de los laicos en la formación de la comunidad. La
cola-boración de los consejos pastorales se debe llevar a cabo según el
espíritu de solicitud común por el bien de los fieles.
Es
necesario que los pastores mantengan un vivo con-tacto con las diversas
comunidades de apostolado que trabajan en el ámbito de la parroquia y
de que haya una colaboración entre las mismas, sin permitir rivalidades
entre ellas. Y deben, los pastores, hacer lo posible para que los
fieles sean cons-cientes de la grandeza del don de la Eucaristía y se
acerquen a ella con mucha frecuencia, tanto en la Misa, en la Comunión,
como en la Adoración.
Los que ocupan lugares
importantes en la
sociedad o que se dedican a la política, necesitan la ayuda de la
Iglesia. Hay que distinguir claramente entre las acciones que los
fieles, individual o colectivamente, realizan en nombre propio, como
ciudadanos, guiados por la conciencia cristiana, de las acciones que
realizan en nombre de la Iglesia en comunión con sus pastores.
RETOS
DE LA UNER HOY
1-
Dos tentaciones de los laicos en el posconcilio: dejar las
responsabilidades a los sacerdotes y religiosas, por el replie-gue en
las tareas eclesiales y la separación fe-vida.
2-
Tras el
Vaticano II, se habían acentuado las dicotomías oración-compromiso,
adhesión a la jerarquía-transformación de la Iglesia,
Eucaristía-liberación, etc. Estas contraposiciones de-formaban la
identidad cristiana. En los últimos años se busca la síntesis
progresiva de las dos posturas, la renovación en fidelidad al Cristo.
3-
El Sínodo sobre los laicos profundiza en la teología del laicado e
integra los aspectos espirituales, eclesiales y seculares del laico.
4-
Se necesita pasar de la de los movimientos apostólicos y asociaciones
cerrados, hacia la integración de todos en una misión eclesial común,
una formación compartida y un marco de referencia equilibrado, que dé
unidad en la diversidad.
5- En los últimos años se ha
profundizado en el perfil propio de la espiritualidad de la UNER, que
en etapas anteriores, lo habían vivido desde una gran responsabilidad
en la misión. ¿Qué nos pasa hoy que los laicos no cogemos las riendas
de la responsabilidad?
6- Confrontados los seglares
de la UNER
con un mundo secularista, buscar una espiritualidad específicamente
laical, que nazca de la Eucaristía y que se inserte en el modo de vida
y responsabilidad de la sociedad civil, siendo levadura eucarística y
eucaristizadora en medio del mundo.
7- Toda la
espiritualidad
de la UNER consiste en la vi-vencia de la fe, la esperanza y la caridad
a nivel personal y comu-nitario, siendo la Eucaristía, entendida y
vivida desde el carisma del fundador, el centro de todo, viviéndola en
"fraternidad”
SEGÚN EL BEATO MANUEL GONZÁLEZ, UN
MIEMBRO DE LA UNER ES…
La variedad suma en la suma
unidad (fraternidad)
¡Qué
bien quisiera yo que se grabara este contraste de dos cosas tan
opuestas como variedad y unidad, en el alma de los miembros de la UNER!
"Variedad".
Como tal, no exige para sí la exclusiva de na-da ni de nadie, ni de
devociones, ni de prácticas, ni de métodos; no es ni acaparador ni
acaparado por esta o aquella obra o persona; puede trabajar aquí,
cooperar allí, dirigir ahora, ser dirigida después, ayudar a esta
Hermandad o Congregación, permanecer oculto bajo el celemín o brillar
sobre el candelero del monte.
"Suma". Y esa variedad,
precisamente por ser UNER, también podrá ser de una intensidad suma,
según le permitan sus fuerzas y... un poquito más. Pero toda esa
complejidad e intensidad de vida han de ir dentro y sin salirse ni una
línea de una:
"Unidad suma", también de «principio»,
o sea, el
amor compasivo sobre todo amor al Sagrario abandonado, y de «fin» o
sea, el deseo, el afán, la locura de darle y buscarle compañía por
medio de toda aquella variedad de obras en que interviene, de personas
que trata, de limosnas que da, de sacrificios que ofrece y de toda la
actividad de su vida .
BIBLIOGRAFÍA
Documentos
del Concilio Vaticano II.
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Eucharistía, San Pablo, Madrid, 2003.
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FERNÁNDEZ,
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